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EFA: FORMACIÓN CON RAÍCES PROFUNDAS

2006-01-11

 

Pedro Peral

 

En los años sesenta, con una emigración galopante, mejorar las condiciones de vida de los pueblos españoles pasaba por formar a la juventud con la pretensión de estimular su arraigo en el medio rural. Para responder a ese reto surgieron las Escuelas Familiares Agrarias, bajo la inspiración del Fundador del Opus Dei.

San Josemaría Escrivá había dejado escrito ya desde el año 1.930 los trabajos que habían de desarrollar los miembros de la Obra, junto a otras personas, para dignificar la vida en el campo. Párroco rural en sus primeros destinos como sacerdote,  conocía  los problemas del medio rural, tenía una gran preocupación por la situación de incultura y pobreza de los campesinos y era consciente de la necesidad de una formación integral orientada a que las familias alcanzasen, desde el esfuerzo personal constante y el trabajo profesional bien terminado, unas condiciones de vida más dignas.

Los desvelos de San Josemaria por la promoción humana, económica y social del medio rural fueron recogidos por el ingeniero industrial burgalés Joaquín Herreros, que pertenecía a la Obra desde 1.949. Sus viajes a Sevilla, por motivos profesionales, le pusieron en contacto directo con el paro en las tierras bajas de la vega del Guadalquivir. “Lo más grave era la actitud conformista,  sin esperanzas de los campesinos”, declara Herreros en el libro “Roturar y Sembrar” que ha sido presentado en varias provincias españolas.

El ingeniero burgalés conoció en 1963 a Felipe González de Canales, inquieto agricultor de Bujalance. Se podía decir que se juntaron el hambre con las ganas de comer, pues ambos sentían como propias las carencias de las gentes del campo. Y ambos pusieron lo mejor de sí mismos para sacar adelante las inquietudes del Fundador del Opus Dei. Recorrieron Francia e Italia, países en los que se habían iniciado unas experiencias que podían servir de antecedente a su proyecto.

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En principio, la metodología utilizada se basaba en la alternancia: los estudiantes pasaban una semana internos en la Escuela y dos semanas en su propio domicilio. Los alumnos pasaban del caballo de sangre al caballo de vapor,  a un nivel de tecnología y mecanización desconocidos para ellos. Contra lo que podría pensarse, los alumnos se integraban pronto en la EFA. El valor de la convivencia constituía un factor de formación humana. Ese espíritu abierto generaba raíces profundas, cuyos  frutos  enriquecían al mismo tiempo a las familias, núcleo fundamental del plan docente de las EFA.

 

La fe mueve montañas

 

Con más fe que dinero nacieron las EFA, como un instrumento de promoción del campo, bien pegado a la tierra y con el protagonismo de sus propias gentes: de los jóvenes y sus familias y con proyección dinamizadora de las posibilidades del entorno social

 

“Nosotros éramos conscientes de que teníamos que comenzar por el oratorio, dado el carácter propio de la EFA...  por la que estaban llamados a pasar generaciones de familias de la comarca. La verdad es que a veces me entraban dudas sobre esto que ahora cuento, pero el tiempo nos ha dado la razón ¡Qué cantidad de gente ha pasado por las EFA!”, recuerda Eduardo Corella, uno de los promotores de la EFA Molino de Viento, de Campo de Criptana, en la citada obra.

 

Aurelio López, -quien falleció en Roma el mismo día, 6/10/2002, de la canonización de San Josemaria- Pepe Gamíz, primer director de la EFA, Benjamín Olmedo y otros formaron un equipo eficaz con Eduardo.

 

Finalizaba la década de los sesenta. España experimentaba un fenómeno de intensa emigración que dejaba semidesiertos los pueblos. La inquietud de aquellos pioneros de las Escuelas Familiares Agrarias, preocupados por facilitar a las familias campesinas  los medios de promoción que los sacase del subdesarrollo y la incultura, encontraban graves obstáculos, por la  novedad del sistema educativo -basado en la alternancia, considerando a los padres los primeros educadores-  y carencia  de medios económicos. Pero tenían excedentes de vocación de servicio, generosidad y entrega a los  más necesitados. Así nacieron los 32 centros existentes en nuestro país, hoy con más de 3.000 alumnos.

 

Para Maria Teresa Salinera, directoras de dos Escuelas en Castilla-La Mancha  “los frutos de las EFA son altamente elocuentes: en formación reglada, las EFA registran unos 30.000 antiguos alumnos, y  más  del 90% tienen empleo. En total, han pasado por estos centros   66.000 alumnos”.

 

A consecuencia de la terciarización de la economía,  las enseñanzas agrarias se sustituyeron por otras con vistas al sector servicios, tales como ESO, concertada con  la Consejería de Educación, gestión administrativa, atención sociosanitaria, enfermería, sistemas informáticos, medio ambiente y otras de mayor demanda en el mercado de trabajo.

Si adquirir una calificación profesional es una prioridad de las EFA, lo más trascendente es la formación integral que proporcionan. Los alumnos salen con la cabeza bien organizada;  portadores de valores trascendentes; saben lo que quieren y son ciudadanos participativos, con libertad y responsabilidad, y capacitados para la sociedad  del conocimiento del siglo XXI.

 

Con lenguaje rural

 

La profundidad de la formación trascendente de las EFA lo pone de relieve, entre otras, la siguiente anécdota que cuenta Aurelio Ortillés de la EFA. Puri era una agregada del OPUS DEI que vivía con su familia en Épila. Si bien la madre solicitó su admisión en la Obra, “su padre, Fidel, pastor, quedó un poco descolgado, preguntándose que si sí, que si  no. Fidel salía un día de un centro del Opus Dei, por donde iba, cuando al bajo se encontró a su hija que le estaba esperando en el coche. Le preguntó Puri:

-¡Bueno, que tal!

-Bien- contestó Fidel.

-Bueno, pero ¡arre! o ¡so!

-¡Arre, arre!- respondió Fidel.


Pedro Peral

AGEA

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